BLOG DIDÁCTICO DE JUAN CARLOS DONCEL (IES SIERRA DE SAN PEDRO. LA ROCA DE LA SIERRA, BADAJOZ)

REPRESIÓN DURANTE LA DICTADURA DE STALIN. PURGAS, DEPORTACIONES Y GULAG.

Cartel que exalta a Stalin como el capitán que dirige la URSS

El RÉGIMEN DE STALIN se prolongó desde 1924 hasta 1953  y fue, sin duda, uno de los más brutales y crueles de la historia de la humanidad. Aunque desde 1922 concentró gran poder en sus manos gracias a su nombramiento como secretario general del Partido Comunista, fue después de la muerte de Lenin y, sobre todo, después del desplazamiento definitivo de Trotsky (fuera del Partido en 1927, desterrado en 1928 y expulsado del país en 1929) cuando el dictador pudo actuar con total control del aparato del Partido y del Estado. G. Hosking en su "A History of the Soviet Union" tiene claro que Stalin consiguió superar los más salvajes de los sueños de los responsables de la policía zarista en lo que respecta a la destrucción del movimiento revolucionario en Rusia. 

La represión estuvo amparada legalmente en el artículo 58 del Código Penal (1927), cuya función era la persecución de toda "actividad contrarrevolucionaria" llevada a cabo por los "enemigos del Pueblo".  Alcanzó de lleno al Partido Bolchevique, que fue duramente purgado, pero también a millones de seres humanos con muy diversos y discrecionales motivos: volatilizó grupos sociales enteros como los kulaks, unos deportados, otros encarcelados en prisiones y campos, muchos fueron asesinados o murieron de hambre; deportó de forma inhumana a pueblos no rusos a lugares muy lejanos sufriendo penuria y desarraigo; persiguió obsesivamente toda disidencia política, por leve que fuera, y millones de personas fueron enviadas a un sistema despiadado de campos de trabajo o ejecutados por ese motivo; finalmente, un número sobrecogedor de ciudadanos del Estado Soviético sufrieron prisión o muerte por huir del hambre, siendo su único delito desplazarse ilegalmente del campo a la ciudad o robar para subsistir. A todo este ominoso panorama, habría que añadir el trato que dio a los presos de guerra de la 2ª Guerra Mundial (un alto número de ellos murió en presidio) y el incomprensible comportamiento que tuvo con los prisioneros rusos capturados por el enemigo, que primero sufrieron el terror en los campos nazis y luego fueron despreciados y represaliados por su propio país.


        


Aunque la represión de la disidencia política existió antes de Stalin, fue con el tirano georgiano con el que alcalzó un grado mayúsculo. El instrumento fundamental fue la policía política, denominada en época de Lenin como Cheka, transformada en 1922 en  la OGPU y convertida en 1934 en el NKVD. El ambiente asfixiante de permanente desconfianza y miedo que generó la actividad de estos organismos alcanzó a su propia estructura y funcionamiento. Fueron numerosos los miembros de la Seguridad del Estado depurados a lo largo de las décadas de régimen estalinista, de hecho de cinco "jefes del terror" durante estos años, los dos primeros murieron de muerte natural (Dzerzhinski/ Menzhinski) pero los tres últimos fueron ejecutados, Yagoda y Yezhov durante el estalinismo y Beria ya muerto el dictador. En los años de más intensa represión, el edificio sede de la policía política conocido como Lubianka, ubicado en la plaza homónima moscovita, se convirtió en el símbolo de la brutalidad del régimen y en sus cárceles fueron torturadas y asesinadas miles de personas.


Lubianka, sede de la Policía política estalinista (OGPU-NKVD).
Antes (foto superior) y después (foto inferior) de la reforma y ampliación iniciada a partir de 1940

Es muy complicado ofrecer cifras reales y rigurosas sobre víctimas de la represión. Las circunstancias históricas en que se produjeron, la imposibilidad de acceder a las fuentes durante décadas y el uso propagandístico que amplios sectores han hecho del horror estalinista, bien negándolo y acusando al "fascismo-capitalismo" internacional de tergiversar la realidad, bien sobredimensionando y exagerando sus ya de por sí sobrecogedoras consecuencias, hacen de esa tarea un tema complejo. No será mi objetivo ofrecer cantidades globales y cerradas, sin ellas podemos entender también las dimensiones dantescas de la represión en este periodo. De hecho, y a modo de ejemplo de la imposibilidad de concretar, el historiador Carlos Taibo habla de una enorme horquilla de entre 3 y 15 millones de personas internadas en campos del Gulag en la década de los año 30. Robert Conquest calcula en 12 millones de víctimas las cifras de la represión política entre 1936 y 1950, cifra que alcanzaría los 15-20 millones si incluimos a los afectados por la colectivización forzosa. En concreto, para los años dramáticos de las grandes purgas, 1937 y 1938, habla de 7 millones de detenciones. Anne Applebaum maneja de una cifra de 18 millones de personas que sufrieron en mayor o menor medida el Gulag, de los que fallecieron cerca de tres millones. Aleksandr Solzhenitsyn llegó a hablar de 25 millones de personas internadas en campos y colonias durante la dictadura estalinista. El escritor ruso Vadim Erlikman defiende una cifra de alrededor de 9 millones de muertos desglosados en 1,5 millones de ejecuciones, 5 millones en el gulag, entre 1,7 y 7,5 millones de deportados y 1 millón de prisioneros de guerra, Otros autores son mucho más cautos, el historiador ruso Viktor Zemskov fue de los primeros en acceder a los archivos secretos del Ministerio del Interior (Mvd-Mgb) y de la policía política (OGPU-NKVD), en 1989, y baraja cifras inferiores: 2,5 millones de personas detenidas con el "gran terror" de 1937-38 y de 800.000 condenados a ser ejecutados entre 1921 y 1953. Zemskov habla también de una cantidad cercana a 600.000 personas muertas en presidio, por lo que los "asesinatos políticos" ascenderían a 1,4 millones de víctimas y el total de personas acusadas de "contrarrevolucionarias" durante todo el periodo estalinista ascendió a 4 millones. Estas cifras, sin embargo, no incluirían en la represión a aquellos no sentenciados pero asesinados o represaliados extrajudicialmente, a los pueblos no rusos y campesinos deportados y a los muertos durante los periodos de hambruna. Las muertes en estos casos tampoco alcanzarían las cifras que otros han publicado, considerando claramente excesivos los entre 3 y 6 millones de fallecidos por la hambruna de comienzo de los años 30 que sectores nacionalistas ucranianos han difundido. Las cifras de Zemskov no desentonarían con las barajó el propio régimen soviético durante la desestalinización, cuyas estadísticas hablaban de 1,5 millones de detenidos entre 1937-38 (época álgida del "gran terror"), de los que un 85% fueron condenados. Según esos mismos datos, en 1937-38 los internos en campos y prisiones alcanzaron el millón y cerca de 700.000 personas fueron ejecutadas en ese periodo. En esa línea, la asociación por la defensa de la memoria histórica MEMORIAL se mueve en números muy cercanos a Zemskov, hablando también de entorno a 4 millones de personas condenadas judicialmente por delitos políticos durante el régimen estalinista.

A finales de los años 20 se inició en la URSS una política de COLECTIVIZACIÓN FORZOSA que buscaba aniquilar una clase social por completo, la de los pequeños y medianos campesinos conocidos como kulaks, que habían medrado con los cambios introducidos en la política económica por Lenin a partir de 1921 (Nueva Política Económica). Para Stalin, los kulaks eran enemigos del régimen y su defensa de la explotación privada de la tierra y la comercialización de sus productos toda una amenaza para el sistema. La colectivización pretendía también el incremento de la producción agrícola para abastecer la creciente población urbana e industrial. Este proceso de radical transformación de la economía agraria produjo efectos contrarios a los buscados, la producción agroganadera se hundió y la resistencia del campesinado fue tenaz, lo que incrementó la represión. La suerte de los kulaks fue diversa: una pequeña parte fue detenida y juzgada por resistencia al poder; otro grupo, mucho más nutrido, fue expulsado de sus pueblos y tuvo que emigrar a las ciudades, donde se añadieron a los numerosos inmigrantes que de todos los lugares buscaban en las urbes una salida al hambre y la carestía imperante en el campo; y finalmente, un porcentaje elevado, en torno a dos millones de personas, fue deportada entre 1930 y 1932 hacia las lejanas tierras del norte y el este. En zonas como Ucrania y las cuencas del Don y el Volga, con gran presencia de kulaks, las consecuencias de la colectivización fueron trágicas. De hecho, en Ucrania se conoce como Holodomor la gran hambruna que 1932-33 produjo la muerte de cientos de miles de personas, quizás más de un millón. A estas cifras habría que añadir el número desconocido de deportados que fallecieron en los traslados o en sus destinos por las malas condiciones de vida.



Periódico estadounidense se hace eco de las hambrunas que asolan Ucrania

Muertos en plena calle en los años de la hambruna en Ucrania

Como ya hemos comentado, en estos años convulsos el desmoronamiento del mundo rural soviético favoreció un éxodo masivo a las grandes ciudades. La reacción de las autoridades fue atroz: "limpiar" de forma radical los núcleos urbanos de elementos "desclasados y socialmente dañinos" para reasentarlos en áreas despobladas del este, siguiendo el modelo de las deportaciones de kulaks. Emigrantes sin empleo, delincuentes o presuntos desafectos al régimen fueron detenidos en masa y muchos de ellos deportados hacia Siberia. La improvisación y desorganización caracterizó esos primeros traslados, siendo el ejemplo más sobrecogedor el de las más de seis mil personas que terminaron en la isla de Nazino en la primavera de 1933. Cuando las autoridades de la ciudad siberiana de Tomsk se vieron sobrepasadas por la avalancha de deportados, decidieron descongestionar la ciudad y desplazaron numerosos efectivos hacia zonas aisladas y perdidas de la cuenca del río Obi, área pantanosa de difícil acceso y un clima extremo. Entre ellos estaban los "efectivos obsoletos" destinados a la isla fluvial de Nazino. Sin herramientas para trabajar o construir, casi sin comida ni ropa adecuada, presa de enfermedades como el tifus o la disentería, la mortandad fue altísima. Entre los deportados, los criminales y delincuentes ejercieron una absoluta tiranía sobre el resto y se produjeron numerosos casos de canibalismo ante la impotencia o la indolencia de unos guardianes también sometidos a difíciles condiciones de vida. La comisión oficial que posteriormente estudió el caso, reconoció que en agosto de ese año, tres meses después de haber llegado a la isla, sólo sobrevivían dos mil personas de más de seis mil, la mayoría de ellas estaban enfermas y apenas a unos doscientos su estado de salud les permitía trabajar.

       


Prisioneros del Gulag en la construcción del Canal del Mar Blanco

Construcción del ferrocarril del Ártico en 1947

El fracaso del modelo de "asentamientos especiales" del tipo de la isla de Nazino, favoreció la difusión del campo de trabajo como forma de represión política y explotación económica. Si algo puso de manifiesto la brutalidad del régimen estalinista fue la creación de un vastísimo entramado de campos de concentración y trabajo que conocemos con el nombre genérico del GULAG. El Gulag (Dirección General de campos de Trabajo, dependiente del NKVD) nació oficialmente en abril de 1930 y fue disuelto en enero de 1960, muerto ya el dictador. Aunque existía en los años 20, fue en la década de los treinta cuando la red de campos, bajo la dirección del Gulag, se desarrolló plenamente.

En estos centros de trabajo forzado convergieron reclusos muy diversos: presos comunes de todo tipo (ladrones, asesinos, violadores) se mezclaban con presos políticos que incluían opositores al régimen, miembros del régimen y el partido comunista purgados o simples ciudadanos inocentes absorbidos por la paranoia del sistema. Entre estos últimos se encontraban las víctimas de campañas legales arbitrarias contra "elementos indeseables y nocivos" que incluían a culpables de pequeños hurtos (numerosos en un contexto de carestía), personas que manifestaron alguna protesta pública o tuvieron retrasos o faltas injustificadas del trabajo. En ocasiones, los condenados solo eran familiares o amigos de desafectos al régimen y se les usaba para castigar doblemente a estos. Un ejemplo de la brutalidad y arbitrariedad del sistema fue el caso de María Tcheboterava, una campesina con cuatro hijos que en el contexto de la hambruna de 1932-33 ocultó cinco kilos de centeno de su antigua cosecha confiscada en el contexto de la colectivización forzosa. Fue condenada a diez años en un Gulag al norte del Círculo Polar Ártico. Trascurridos los años de condena y con la excusa de necesitar mano de obra, se prolongó arbitrariamente hasta 1945. Finalmente fue liberada pero se le obligó a vivir en el exilio, en una cabaña  próxima al campo. No pudo volver a su casa hasta 1956, ya muerto el dictador. Nunca recuperó a sus hijos, no los encontró.

Las condiciones de vida eran muy difíciles (ver textos), lo que explica las altas tasas de mortalidad. En un ambiente asfixiante, se combinaban la violencia crónica entre los propios presos o administrada por las autoridades, los trabajos forzados, la alimentación deficiente y las condiciones de insalubridad. A todo ello se añadían las condiciones climáticas extremas en invierno, especialmente en las zonas ártico-siberianas.

Al contrario de la opinión generalizada, la mayoría de los campos no se encontraban en Siberia, sino en el área europea de la URSS, en las zonas más pobladas del oeste soviético (ver mapa de elaboración propia). Sin embargo, por sus condiciones extremas, fueron los centros de trabajo forzado siberianos los que adquirieron un carácter mítico. Es el caso de los campos del área del Kolimá o de la zona Pechora-Urales, esta última en el extremo nororiental de la Rusia Europea. En estos territorios ártico-siberianos la función de los trabajos forzados era la explotación minera y la construcción de infraestructuras de transportes o industriales inexistentes en esas áreas tan alejadas y despobladas. De hecho, el trabajo de los reclusos del Gulag sirvió para construir nuevas ciudades como  Komsolmolsk, Vorkuta, Norilsk, Kandykchan, Pechora o Magadan.






Campo Perm36 en la actualidad convertido en museo y memorial del Terror

Ficha policial del monje Pavel Mikhalev, arrestado en agosto de 1938 por "contrarrevolucionario"



Los presos del Gulag fueron empleados para construir todo tipo de macroproyectos constructivos (ver mapa de elaboración propia), algunos de dudosa utilidad como el Canal del Báltico, que buscaba conectar el Mar Blanco y el Báltico y que fue realizado con una profundidad insuficiente que impedía el paso de grandes barcos. Quizás el proyecto que más vidas costó fue la carretera entre Magadan y Yakutsk que pretendía recorrer los dos mil kilómetros que separaban ambas ciudades del extremo nororiental siberiano, uno de los territorios más aislados e inclementes del mundo, con temperaturas invernales inferiores a 60 grados bajo cero. Para construir la carretera y explotar los yacimientos mineros de la zona, el NKVD constituyó la corporación Dalstroy que creó toda una red de campos en la que las condiciones de vida eran extremas y la mortalidad superior al 30% de los reclusos. La región del Kolimá y la conocida como "Carretera de los Huesos" se convirtieron en leyenda. Condiciones similares a los presos del Kolimá vivieron los empleados en el conocido como "Camino de la Muerte" (ferrocarril Salejard-Igarka), un proyecto absurdo que pretendía crear una red ferroviaria que recorriera el norte de Siberia y de la que solo se completaron 660 km, en la actualidad totalmente abandonados.

Hoy en Rusia la asociación MEMORIAL ya citada desempeña un papel importante en el recuerdo de las víctimas del Gulag y en la defensa de los derechos humanos. La web alemana de la asociación presenta un detallado mapa sobre la red de campos. Por otro lado, es posible visitar uno de esos campos convertido en museo, se trata del centro PERM 36, construido en 1946 a cien kilómetros de la ciudad rusa de Perm, cercana a los Urales. Una interesante forma de acercarse a este tema es a través de la literatura, destacando las obras de Varlam Shalámov (Relatos de Kolimá), Gustaw Herling-Grudzinski (Un mundo aparte) o el archiconocido A. Solzhenitsin (Archipiélago Gulag). También el periodista ruso V. Grossman trató este tema en su monumental obra Vida y destino. Un caso singular es la historia contada por la premio nobel Herta Muller en su libro Todo lo que tengo lo llevo conmigo, en el que cuenta la desconocida historia de decenas de miles de civiles de origen alemán de Rumanía y Yugoslavia que fueron cedidos como mano de obra a Rusia al final de la guerra y sufrieron la brutalidad del Gulag.

Verdaderamente surrealista fue la historia de los republicanos españoles exiliados en Rusia y que terminaron en el Gulag. Muchos eran marinos o pilotos que nada más desatarse la Guerra Mundial se convirtieron en sospechosos solo por ser extranjeros. Algunos fueron detenidos por el NKVD después de haber intentado salir del país o de haber manifestado opiniones "no adecuadas". La historia de los españoles del Gulag se completa con los presos de la División Azul, cuerpo militar que el dictador Franco mandó al frente ruso para consolidar sus estrechos lazos con el Eje. Aunque la mayoría eran fascistas, entre ellos hubo también voluntarios por motivos muy diversos, entre ellos republicanos que se unieron a las filas del cuerpo franquista con la intención de desertar. Varias decenas de estos últimos fueron hechos prisioneros y también sufrieron la inexplicable pena del Gulag. Uno de los campos donde terminaron muchos españoles fue el de Karagandá  en la república de Kazajistán (ver vídeo).


Cazos y cuencos abandonados empleados por presos que trabajaron en el conocido como "Camino de la Muerte", el ferrocarril ártico de Salejard-Igarka

Presos en el campo de Molotov (Severodvinsk) en 1946

Prisioneros soviéticos extrayendo uranio en una mina de Kolymá, en 1948

Yagoda visitando las obras de construcción del Canal del Mar Báltico


Mina de oro de Chelbania, en el área del Kolima, en 1943

Si en algún momento la represión estalinista alcanzó niveles escalofriantes fue durante las GRANDES PURGAS de finales de la década de los años 30. Desde finales de los años veinte se incrementó el número de arrestos y detenciones, aunque en ningún caso alcanzaron las cifras de una década después, especialmente del trágico bienio 1937-38 (ver tabla con cifras de Getty y Naumov y cálculos de Zemskov ya citados). En esos dos años fueron sentenciados a muerte cerca de 700.000 personas y una cifra superior condenada a prisión y Gulag. En total, cerca de dos millones de personas o quizás más (Zemskov habla de 2,5 millones)  fueron arrestadas en esos fatídicos veinticuatro meses, y un alto porcentaje fueron condenadas. Como comentamos anteriormente, las cifras del propio gobierno soviético después de la muerte de Stalin no están lejos de las de Getty y Naumov y hablan para esos años de millón y medio de detenidos y más de un millón trescientos mil condenados. Al finalizar 1938 los campos de trabajo tenían más de un millón de presos. Este terrible panorama fue definido por el historiador Alec Nove como "exceso dentro del exceso".

Los años de las grandes purgas se hicieron famosos por el descabezamiento absoluto del partido bolchevique y el ejército. Buena parte de los antiguos bolcheviques que hicieron la revolución y aún vivían fueron purgados, también lo fueron los representantes del Partido en esos años y los principales jefes militares.

Ya en 1933 habían sido expulsados del Partido Comunista cuatrocientos mil miembros. Un año después el asesinato del dirigente bolchevique Kirov se convirtió en excusa para comenzar una gran purga que afectó entre 1936 y 1938 al Partido y el ejército. Las cifras son abrumadoras:

  • De los 139 miembros del Comité Central del Partido elegidos en 1934 fueron detenidos 110 y ejecutados 98.
  • De los 1966 delegados del XVII Congreso del Partido en 1934 solamente 58 de ellos asistieron al siguiente congreso en 1939. Del resto 1.108 habían sido ejecutados.
  • En el ejército las detenciones afectaron al 75% de los mariscales, todos los primeros responsables y viceresponsables del ejército, el 91% de los comandantes de cuerpo, el 70% de los comandantes de división y de regimiento y más del 60% de los comisarios.
  • De los 22 miembros del Comité Central del Partido durante la revolución de 1917 solo cuatro murieron de muerte natural, entre ellos Lenin. El resto, sin contar Stalin, fueron ejecutados o desaparecieron. Entre esos 17 nombres incluimos a Trotsky, asesinado en México por orden del dictador.

Los conocidos como PROCESOS DE MOSCÚ fueron el ejemplo más significativo de la locura y el terror que se extendió esos años por todo el país. Varios juicios entre 1936 y 1938 eliminaron a los principales líderes bolcheviques y a la plana mayor del ejército: 
  • En agosto de 1936 son condenados y ejecutados Zinoviev, Kamenev y otro viejos bolcheviques.
  • En enero-febrero de 1937 son condenados Piatakov (ejecutado) y Radek (muerto en un campo) junto a otros quince importantes miembros del Partido.
  • En junio de 1937 un juicio militar secreto descabeza el ejército, siendo condenado el mariscal Tujachevsky, héroe de la Guerra Civil Rusa.
  • En marzo de 1938 son condenados y ejecutados 21 miembros del Partido, entre ellos los históricos dirigentes Bujarin y Rikov. En este proceso también fue condenado y ejecutado Yagoda, antiguo jefe de la policía política.


Zinoviev detenido y fichado


A pesar de la proyección nacional e internacional que tuvieron los proceso de Moscú,  las inmensa mayoría de las víctimas del terror eran simples ciudadanos ajenos al Partido y el ejército, y en esa ciudadanía se creó en esos años una verdadera psicosis. En cualquier momento alguien podía ser detenido. Los arrestos estaban planificados pero entre la población el "Gran Terror" parecía una gran lotería. La mayoría de los enjuiciados eran sometidos a procesos sin garantías en los que el detenido no estaba presente y carecía de abogado. Las acusaciones que justificaban los arrestos y sentencias se repetían una y otra vez: "crímenes contrarrevolucionarios", "agitación antisoviética", "terrorismo y sabotaje", en el caso de los jefes del Partido o el ejército se añadían términos como "conspiración internacional contra la URSS" o "derechistas-trotskistas".

Un lugar simbólico del terror de esos años fue el campo de tiro de Bútovo, donde fueron asesinadas unas veinte mil personas entre agosto de 1937 y octubre de 1938. Situado cerca de Moscú, se realizaban ejecuciones casi a diario, los detenidos eran asesinados con un tiro en la nuca y luego enterrados en una fosa común con una excavadora.

Aunque después de noviembre de 1938, las operaciones masivas de "limpieza" se interrumpieron, las purgas y detenciones continuaron hasta la muerte de Stalin. Un ejemplo de ello fue la detención del escritor judío y antiguo bolchevique Isaac Babel, ejecutado en 1940. De origen judío, el asesinato de Babel puso todavía más de manifiesto las suspicacias que el régimen tenía hacia los antiguos bolcheviques, los intelectuales, siempre sospechosos, y los judíos. Dos ejemplos del antisemitismo que mostró el estalinismo fueron la "Noche de los poetas asesinados" (12-13 agosto 1952) y el "Complot de los médicos" (finales de 1952 y comienzos de 1953). En el primer caso fueron ejecutados en secreto trece de los más destacados intelectuales judíos del país, en el segundo once médicos (siete de ellos judíos) fueron acusados de idear tratamiento médicos con los que asesinar a importantes miembros del régimen soviético. En este último caso, la muerte del dictador impidió que su ejecución se consumara. La prolongación del ambiente opresivo y asfixiante hasta el final de Stalin aparece plenamente reflejado en el película EL NIÑO 44, una historia policíaca de búsqueda de un asesino en serie en el contexto de los últimos años del tirano.

Los cinco primeros Mariscales de la URSS: Budyonny y Blyukher de pie; Tujachevsky, Voroshilov y Yégorov sentados. Sólo Voroshilov y Budyonny murieron de muerte natural, el resto fue fusilado durante las purgas.


El cineasta Eisentein y el escritor Isaac Babel, 
este último detenido y ejecutado en 1940

La DEPORTACIÓN MASIVA DE GRUPOS ÉTNICOS "no fiables" fue otra faceta de la represión estalinista. La URSS era una realidad plurinacional y pluricultural en la que existían una enorme variedad de pueblos, lenguas y religiones. Las anexiones de Stalin en 1939-45 ampliaron esa diversidad y también las suspicacias del régimen hacia pueblos que podían convertirse en una amenaza para el poder soviético.

Los antecedentes de las deportaciones masivas de carácter étnicos hay que buscarlos en la Guerra Civil Rusa, cuando a comienzos de la década de los años veinte cientos de miles de cosacos del Don y del Kuban fueron deportados de su tierra por haber apoyado a los blancos en la contienda fratricida. Sin embargo, estas deportaciones alcanzaron dimensiones gigantescas a finales de los años treinta y comienzos de la década de los cuarenta, cuando la URSS en un contexto prebélico-bélico se siente amenazada. El rechazo de numerosos pueblos a su anexión a la Unión Soviética y a las transformaciones económicas que ello provoca, la indudable colaboración que algunas de esas etnias tuvieron con la lucha antisoviética durante la Segunda Guerra Mundial o simplemente el peligro que el estalinismo vio en algunos de estos pueblos como quintacolumnistas, provocaron una verdadera catástrofe humanitaria de dramáticas consecuencias que supuso el desarraigo de millones de seres humanos y su reasentamiento en áreas muy alejadas de sus tierras de origen, donde las malas condiciones de vida y la carestía provocó una alta mortandad (añadida a la producida en su traslado).


Foto realizada en 1945 en una escuela de una comunidad de alemanes del Volga en Siberia.
Las familias fueron deportadas después de la invasión nazi en 1941

Al margen de procesos de deportación ya citados (cosacos y kulaks) la primera gran deportación étnica afectó en 1935 a más de 30.000 finlandeses que habitaban en las zonas limítrofes de Leningrado y Carelia. A partir de ese mismo año y hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial fueron reubicados decenas de miles de polacos y alemanes que vivían en zonas fronterizas occidentales y más de 170.000 coreanos, que fueron alejados de la Siberia Oriental acusados de ser instrumentos del espionaje japonés. La antesala de las grandes deportaciones se completó con la reubicación en 1937-38 de miles de azeríes y kurdos procedentes de la zona del Cáucaso en áreas de Kazajistán y Asia Central.

Con la invasión alemana de la Unión Soviética las deportaciones étnicas se volvieron masivas. Acusados de colaborar con el invasor o considerados una amenaza para la resistencia, millones de personas fueron desplazadas por la fuerza hacia Asia Central y Siberia entre 1941 y 1945. Un ejemplo paradigmático fue la deportación en 1944 de casi 200.000 tártaros de Crimea. La mayoría fue reubicado en Uzbekistán y sabemos que en torno al 7% de ellos falleció en el traslado o en los seis meses siguientes, la mayoría de inanición; a esa cifra se suma que un 20% no sobrevivió al año y medio de exilio. El traslado forzoso de los tártaros (Sürgün en su idioma) no fue ni mucho menos el único. Del área ucraniana fueron también deportados ese mismo año 85.000 turcos y miles de griegos y armenios. Una tragedia aún mayor que la de los tártaros fue la vivida por los alemanes del Volga, que habitaban en las orillas del gran río desde el siglo XVIII y fueron aniquilados como pueblo. En agosto de 1941 fueron deportados más de un millón de germanoshablantes hacia Siberia Central y su mortalidad fue altísima, entorno a cien mil de ellos fallecieron por inanición. La limpieza étnica en el Cáucaso también alcanzó grandes proporciones: 60.000 karachais, 40.000 balkarios,  cerca de cien mil ingushes, una cantidad similar de calmucos y la abrumadora cifra de 400.000 chechenos. Este pueblo, tradicionalmente orgulloso y guerrero, es el símbolo de tragedia vivida por los pueblos caucásicos. A todas estas cifras habría que añadir la reubicación en 1944 de etnias minoritarias de la zona como los georgianos mesjesetianos (musulmanes) , los khemchils (etnia musulmana que vivía en armenia), kurdos, karapapaks, etc. El mapa de la deportación en el contexto bélico se completa con la actuación en la frontera occidental sobre los pueblos bálticos, moldavos y polacos. Estos últimos sufrieron en este periodo dos oleadas, una tras la repartición de Polonia entre Hitler y Stalin que supuso la exilio forzoso de más de 250.000 polacos, y otra menos numerosa en 1944, con el avance del ejército soviético. Al igual que los polacos, los pueblos bálticos fueron especialmente reacios al control soviético. Con las dos invasiones soviéticas se produjeron deportaciones masivas en esa área que se prolongaron hasta casi la muerte del dictador. Se calcula que entre 1940 y 1953 unos 200.000 bálticos fueron deportados a campos de concentración o reubicados en áreas lejanas de Siberia.

Después de 1945 y el final de la guerra no cesó la política de limpieza étnica.  Un ejemplo fueron las deportaciones de pueblos bálticos en los años 1948-49 y el destierro de cerca 60.000 griegos y armenios en 1948 o la de decenas de miles de moldavos con el comienzo de los años 50.






Nazran, Ingushetia.
 Memorial dedicado a los Ingushes y Chechenos víctimas de la opresión estalinista.
Cientos de miles de ellos fueron deportados.

Una faceta menos conocida de la represión estalinista fue el TRATO DADO A LOS PRISIONEROS DE GUERRA extranjeros e, incomprensiblemente, también a los rusos rendidos a las tropas del Eje. La sinrazón más cruel condenó a una cifra escalofriante de prisioneros rusos en manos de los alemanes a sufrir trabajos forzados y discriminación en su propio país, y todo ello después de haber sobrevivido a los campos de concentración y de exterminio alemanes. En estos campos germanos se calcula que fallecieron el 57% de los soldados soviéticos internados, este número contrasta con el 5% de soldados occidentales muertos en los campos de reclusión alemanes. Un ejemplo de la brutalidad alemana con los soldados rusos recluidos fue el hecho de que seiscientos de ellos fueran los primeros internos de Auschwitz gaseados con el mortal Zyklon B. Cuando los supervivientes (Antony Beevor habla de millón y medio) volvieron a la URSS fueron considerados traidores, ya lo afirmó Stalin en un discurso en noviembre de 1941: "No hay prisioneros soviéticos. Solo traidores". Estos soldados repatriados fueron internados en campos para ser interrogados y posteriormente muchos fueron integrados en batallones de trabajo, a todos ellos se les prohibió vivir en un radio de cien kilómetros alrededor de las principales ciudades. Lev Netto fue uno de esos soldados, hecho prisionero en el frente de Estonia en 1943 fue liberado por los norteamericanos al final de la contienda. Para su sorpresa, a la vuelta a su país fue condenado a 25 años en un campo de trabajo y fue enviado a Norilsk, en el norte de Siberia, y no fue puesto en libertad hasta 1956, en pleno proceso de desestalinización.

Los prisioneros del Eje, alemanes pero también de otras nacionalidades como italianos, húngaros, japoneses, rumanos o finlandeses, sufrieron unas condiciones durísimas y su mortalidad fue altísima. Un ejemplo fueron los casi cien mil alemanes rendidos en Stalingrado. Obligados a andar por la nieve a muy bajas temperaturas, perecieron más de 30.000. En 1953 y tras permanecer en campos de concentración, solo volvieron a Alemania unos 6.000. Hasta ese año, en el que la Cruz Roja internacional logró su repatriación, los prisioneros del Eje sufrieron la crueldad del Gulag y es probable que una cifra abrumadora pereciera. Los historiadores hablan de una horquilla entre un millón y dos millones de soldados fallecidos en presidio.

Mención aparte merece el asesinato de más de 20.000 polacos en el bosque bielorruso de Katyn (ver película completa sobre el temaen lo que constituyó una de las matanzas más crueles del siglo XX. Con la invasión y el reparto de Polonia entre Hitler y Stalin, miles de oficiales del ejército polaco, intelectuales y políticos fueron detenidos por el NKVD y posteriormente ejecutados y enterrados en fosas comunes en Katyn. Aproximadamente 8.000 eran miembros del ejército polaco.


Soldados alemanes capturados. Rusia, 1943

Partidos políticos, líderes y procesos electorales durante la II República Española

Manifestación de júbilo en Madrid 
con la proclamación de la II República
El comienzo de la II República (1931-39) supuso un cambio radical en la dinámica política del primer tercio del siglo XX. El reinado de Alfonso XIII supuso la persistencia de un sistema oligárquico y caciquil que en algún momento derivó en dictadura (gobierno de Primo de Rivera entre 1923-30) y en ningún caso permitió un verdadero desarrollo de los partidos políticos y de la vida parlamentaria. Con la llegada de la República la instauración de un sistema democrático dio gran impulso a la vida política con la proliferación de partidos que convirtieron el parlamento en uno de los ejes centrales de la vida política española.


PARTIDOS POLÍTICOS Y LÍDERES DE LA II REPÚBLICA

IZQUIERDA OBRERA

La base social de la izquierda obrera era fundamentalmente la masa creciente de obreros urbanos y rurales. La industrialización lenta de finales del siglo XIX y su continuidad en las primeras décadas del siglo siguiente creó una importante clase obrera urbana e industrial en determinadas regiones como Cataluña, País Vasco o Asturias, territorios que junto a enclaves como Valencia o Zaragoza fueron importantes feudos de los partidos y asociaciones obreras. También lo fueron las áreas latifundistas del suroeste, Extremadura, La Mancha y Andalucía occidental, donde millones de jornaleros sin tierra vivían en condiciones de vida que rozaban la servidumbre.

Las ideas básicas que defendía el obrerismo republicano eran las propias de la izquierda republicana (secularización, descentralización) pero con un énfasis muy marcado en las reformas socio-económicas. Para la izquierda obrera la mejoras sociales y laborales y la reforma agraria eran prioritarias e irrenunciables. Los sectores más radicales llegaban más lejos y preconizaban la revolución social.

El PARTIDO SOCIALISTA (PSOE) fue el mayor partido de la izquierda obrera en nuestro país durante la II República y también el menos radical de las agrupaciones obreras. Era un partido heterogéneo en el que convivían diversas sensibilidades, desde el reformismo moderado de Besteiro y Prieto hasta el ala más radical semirevolucionaria de Largo Caballero, dirigente este que ejerció una enorme influencia sobre el poderoso sindicato socialista UGT. El papel del PSOE en la vida política republicana fue clave, participó en el Gobierno Provisional, tuvo una labor destacada en la vida parlamentaria del Bienio de Izquierdas (1931-33) y su protagonismo resultó determinante en la Huelga General de Octubre de 1934. Fue pilar esencial del Frente Popular en 1936 y dos de sus líderes fueron presidentes del gobierno de la II República durante la Guerra Civil (Largo Caballero y Negrín).

Mitín de Largo Caballero en 1936

Otro partido de base esencialmente obrera fue el PARTIDO COMUNISTA DE ESPAÑA (PCE), nacido en 1921 como una escisión del PSOE. Este partido marxista, que durante la II República permanecerá bajo la influencia ideológica del estalinismo soviético, fue minoritario y solo adquirió más protagonismo después de octubre de 1934, entrando a formar parte del Frente Popular. Su papel más destacado fue durante la Guerra Civil, al calor de la ayuda soviética a la causa republicana. Sus líderes más carismáticos fueron José Díaz y Dolores Ibarruri ("Pasionaria").


Dolores Ibarruri

Otros partidos obreros revolucionarios fueron el PARTIDO OBRERO DE UNIFICACIÓN MARXISTA (POUM) Y EL PARTIDO SINDICALISTA. El primero era un pequeño partido marxista pero antiestalinista dirigido por Andreu Nin y Joaquín Maurín, que tuvo cierta relevancia en Cataluña y en los primeros meses de la Guerra Civil, el segundo fue un pequeño partido fundado por el líder anarquista Ángel Pestaña, partidario de la participación política frente al resto del movimiento anarquista, más radical y contrario a la fundación de partidos políticos.
Mención aparte merecen dentro del movimiento obrero español las organizaciones anarquistas, con una formidable fortaleza durante el periodo republicano (con y sin guerra). No se trataba de partidos políticos sino de organizaciones sindicales que actuaron al margen del sistema durante buena parte del periodo republicano, si exceptuamos la colaboración con el Frente Popular en el 36 y la participación en el gobierno de Largo Caballero durante la Guerra Civil. El gran sindicato anarquista fue la CONFEDERACIÓN NACIONAL DEL TRABAJO (CNT), al que estuvo vinculada pero de forma autónoma la más radical FEDERACIÓN ANARQUISTA IBÉRICA (FAI). Líderes anarquistas destacados fueron  Juan Peiró, García Oliver o el mítico jefe miliciano Buenaventura Durruti. Algunos anarquistas lograron mantener cargos militares de importancia una vez creado el Ejército Popular de la República, es el caso de Cipriano Mera. Mención aparte merece Federica Montseny, mujer y anarquista, convertida en noviembre de 1936 en la primera ministra de la historia de España en el gobierno de concentración republicana de Largo Caballero durante la Guerra Civil.
Las milicias de estos partidos y sindicatos obreros más radicales fueron un factor clave para la supervivencia de la República en los primeros meses de la Guerra Civil pero también tuvieron un papel destacado en la represión descontrolada que asoló la zona republicana en los primeros meses de la contienda.

IZQUIERDA MODERADA

La base social de la izquierda moderada, a la que los partidos obreristas denominaban izquierda burguesa, eran las clases medias progresistas urbanas, entre la que se incluían numerosos profesores e intelectuales, así como muchos profesionales liberales y "pequeños burgueses", dueños de pequeños negocios.

En cuanto a su ideario, defendían la necesidad de una democratización profunda de la estructura del Estado, una intensa secularización del país y una completa separación Iglesia-Estado, aceptando también una descentralización territorial como medio de solucionar el "problema catalán". Aunque sin la profundidad de la izquierda obrera, estos partidos consideraban esencial un programa de reformas sociales que permitiera un equilibrio social y la reducción de la desigualdad.


Manuel Azaña
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                                       Discurso "Paz, piedad y perdón" de Manuel Azaña

El gran líder de la izquierda moderada fue Manuel Azaña, fundador de ACCIÓN REPUBLICANA y personaje capital en el periodo republicano, en el que ocupó todos los cargos políticos posibles: fue ministro del Gobierno Provisional, Jefe de Gobierno en el Bienio de Izquierdas y tras las elecciones del 36 y finalmente Presidente de la República desde mayo de 1936 hasta casi el final de la contienda civil. En 1934 nace IZQUIERDA REPUBLICANA de la fusión de Acción Republicana con otros partidos de centro-izquierda, entre los que destacaron el PARTIDO REPUBLICANO RADICAL SOCIALISTA INDEPENDIENTE de Marcelino Domingo y ORGANIZACIÓN REPUBLICANA GALLEGA de Casares Quiroga. El primero era un partido escindido en 1933 del PARTIDO REPUBLICANO RADICAL SOCIALISTA y representaba una visión crítica más de izquierdas que la línea de la dirección comandada por Félix Gordón Ordás. El segundo era un partido nacionalista moderado que pasó a llamarse en 1932 PARTIDO REPUBLICANO GALLEGO antes de unirse en 1934 a la recién nacida Izquierda republicana. A Izquierda Republicana pertenecieron también figuras políticas de gran calado como Álvaro de Albornoz y Victoria Kent, que habían militado hasta entonces en PRRSI de Marcelino Domingo.

Diego Martínez Barrio

En esta maraña de partidos y fusiones es necesario hablar del nacimiento en 1934 de UNIÓN REPUBLICANA, partido de centro-izquierda muy moderado que participó en el Frente Popular y que surgió de la convergencia del Partido Republicano Radical Socialista antes mencionado y el PARTIDO RADICAL DEMÓCRATA recién creado por Martínez Barrio a partir de una escisión del Partido Radical de Lerroux, del que no aceptaba el acercamiento a la CEDA. Martínez Barrio fue ministro del Gobierno Provisional de la República, ministro del gobierno de Lerroux, jefe de gobierno durante un brevísimo tiempo en julio del 36 y desempeñó numerosos cargos durante la Guerra Civil, entre ellos asesor de Azaña y presidente de las Cortes. Con el tiempo Izquierda Republicana y Unión Republicana acercaron posturas y colaboraron intensamente en los meses anteriores a la Guerra Civil, después de las elecciones de 1936.

Con apoyos variables a lo largo del periodo republicano e integrados en 1936 en las candidaturas del Frente Popular, habría que hablar también del PARTIDO REPUBLICANO DEMÓCRATICO FEDERAL, descendiente del viejo partido republicano-federalista del siglo XIX y liderado por el hijo de Pi i Margall, Joaquín Pi i Arsuaga.


CENTRO Y CENTRO-DERECHA REPUBLICANA

La base social de los partidos republicanos de centro y centro-derecha fueron las clase medias y los sectores profesionales, así como una pequeña burguesía laica y democrática pero muy temerosa del movimiento obrero.

En lo referido a su ideario, fueron partidarios de reformas limitadas, defendiendo una democracia política y una separación Iglesia-Estado, pero críticos con los partidarios de reformas socioeconómicas importantes.

El gran partido del centro político fue el PARTIDO REPUBLICANO RADICAL de Alejandro Lerroux. Fundado en 1908 cuestionó desde sus comienzos los fundamentos del sistema oligárquico y conservador de la monarquía de Alfonso XIII. Democrático y laico, este partido derivó a lo largo de la II República desde posiciones cercanas a la izquierda (aceptó la Constitución de 1931) hasta la colaboración estrecha con la derecha católica en el Bienio Conservador (1933-36), periodo en que controló la jefatura de gobierno. Su acercamiento a la CEDA de Gil Robles provocó la escisión de su ala izquierda y la fundación del ya mencionado Partido Radical Demócrata de Martínez Barrio. Esa aproximación del radicalismo a la derecha cedista provocó también la salida del partido de Clara Campoamor, la gran luchadora por el voto femenino durante la II República.

Alejandro Lerroux

Otro partido republicano de centro-derecha fue DERECHA LIBERAL REPUBLICANA de Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura. Alcalá-Zamora fue un personaje clave durante el periodo republicano ya que entre 1931 y 1936 detentó el cargo de presidente de la República.  En el verano de 1931 su partido pasó a llamarse PARTIDO REPUBLICANO PROGRESISTA y a comienzos de 1932 sufrió una escisión de su ala derecha comandada por Miguel Maura, que fundó el PARTIDO REPUBLICANO CONSERVADOR. Hijo del conservador-monárquico Antonio Maura, Miguel intentó articular una opción republicana conservadora pero fue sobrepasado por el ascenso de la CEDA, quedando su partido relegado a un papel secundario y a una representación escasa. También de centro-derecha y minoritario fue el PARTIDO REPUBLICANO LIBERAL DEMÓCRATA de Melquíades Alvárez. Para las elecciones de febrero de 1936 el centrista Manuel Portela Valladares, jefe de gobierno en la fase final del último bienio, creó un nuevo partido que logró un aceptable resultado (diecisiete diputados) y que fue conocido como PARTIDO DE CENTRO NACIONAL REPUBLICANO o PARTIDO DE CENTRO DEMOCRÁTICO.

Mención aparte merece la AGRUPACIÓN AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA, creada a principios de 1931 por intelectuales de la talla de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala. Estuvo presente en el parlamento en la primera legislatura pero el desencanto por la evolución de la II República llevó a su disolución en octubre de 1932.

Niceto Alcalá-Zamora


DERECHA Y ULTRADERECHA NO REPUBLICANA

La base social de la derecha política no republicana fue muy variada, incluía desde la oligarquía terrateniente, industrial y financiera, la pequeña burguesía rural y provinciana tradicional, el campesinado minifundista y propietario del centro-norte del país y, en general, los grupos católicos y monárquicos, apoyados por amplios sectores del ejército y la Guardia Civil.

Las ideas básicas que aglutinan a sectores tan diversos giran entorno a tres cuestiones: por un lado un catolicismo integrista defensor de la confesionalidad del Estado, un rechazo frontal a las reformas socio-económicas de la izquierda republicana que consideran antesala de una revolución, y, por último, un marcado nacionalismo españolista que defiende un centralismo rígido y rechaza todo proyecto autonómico.

El gran partido de la derecha no republicana fue ACCIÓN POPULAR, nacido a partir de la iniciativa del periodista y futuro cardenal Ángel  Herrera Oria en abril de 1931 con el nombre de ACCIÓN NACIONAL. Desde muy pronto fue el joven abogado Gil Robles el que dirigió el partido, que pretendía atender a las demandas electorales de amplios sectores de la sociedad española, sectores conservadores, monárquicos, españolistas y, sobre todo, católicos. Aunque en sus comienzos Acción Popular no se enfrentó al régimen republicano, con el tiempo terminará considerando a la República como una amenaza frente a los valores que defiendían y consideraban consustanciales a la idea de España.  A partir marzo de 1933 Acción Popular se coaligó con numerosos partidos conservadores de pequeño tamaño y carácter provincial o regional para formar la CONFEDERACIÓN DE DERECHAS AUTÓNOMAS (CEDA), propugnando un Estado corporativo que le hizo acercarse progresivamente a posturas cada vez más proautoritarias e incluso, en el caso de su organización juvenil, filofascistas. La CEDA apoyó en el parlamento al gobierno del Partido Radical (1933-36) y desde octubre de 1934 formó parte de él con varios ministros.
Otro partido que atrajo a sectores de la vieja clase caciquil y al pequeño campesino castellano fue el conservador y católico PARTIDO AGRARIO ESPAÑOL de Martínez de Velasco, nacido en 1934 uniendo bajo sus filas las distintas corrientes y candidaturas del agrarismo conservador español que ya habían participado en las elecciones de 1931, mostrándose contrarios entonces a la Constitución Republicana y, sobre todo, a la reforma agraria.

José María Gil Robles

A comienzos de 1933 el sector más monárquico y conservador de Acción Popular comandado por Antonio Goicoechea abandonó el partido y fundó RENOVACIÓN ESPAÑOLA. Apoyado por Alfonso XIII y un amplio sector de la aristocracia, mantuvo una frontal política antirepublicana y colaboró con carlistas y falangistas. Como Acción Popular, Renovación Española también tuvo pretensiones hegemónicas en la derecha y para ello fundó en 1934 el BLOQUE NACIONAL de la mano del recién llegado del exilio José Calvo Sotelo , que solo logró atraer a minoritarios sectores ultranacionalistas y a algunos carlistas. Calvo Sotelo, antiguo ministro de Primo de Rivera, fue asesinado unos días antes del comienzo de la Guerra. Uno de esos pequeños partidos que formaron parte del Bloque Nacional fue el PARTIDO NACIONALISTA ESPAÑOL de José María Albiñana, partido monárquico y ultraderechista que tuvo una mínima representación parlamentaria en 1933 y 1936.

José Calvo Sotelo

En la extrema derecha podemos distinguir por un lado los carlistas de COMUNIÓN TRADICIONALISTA, integristas católicos y profundamente antirepublicanos, comandados por el Conde de Rodezno y por el andaluz Fal Conde. Por otro lado los partidos claramente fascistas, seducidos por el corporativismo mussoliniano y el nazismo alemán, entre ellos citemos a las JUNTAS DE OFENSIVA NACIONAL SINDICALISTA (JONS) de Ramiro de Ledesma, nacidas en 1931 y posteriormente fusionadas con un pequeño grupo ultranacionalista castellano dirigido por Onésimo Redondo. En 1933 nació FALANGE ESPAÑOLA dirigida por José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador. En 1934 ambas organizaciones se fusionaron y en ella destacó especialmente la figura de Primo. Su postura claramente profascista y golpista no logró grandes apoyos, aunque su sección paramilitar demostró gran capacidad para desestabilizar las calles en los meses anteriores a la Guerra Civil. Ese nuevo partido fue la base del partido único creado por Franco (Decreto de Unificación de 1937), siendo los requetés carlistas y los camisas azules de la Falange instrumentos básicos de la brutal represión franquista durante las primeras fases de la Guerra.


José Antonio Primo de Rivera

NACIONALISTAS Y REGIONALISTAS

En lo referido a las ideas básicas y la base social de los nacionalismos debemos partir de su carácter muy heterogéneo, al tratarse de partidos de ideología muy variada, que se mueven desde la izquierda obrera nacionalista (con algún peso en Cataluña) pasando por la izquierda moderada federalista o independentista apoyada por clases medias progresistas (muy fuerte en Cataluña y con cierto peso en Galicia o Valencia) hasta la derecha burguesa-conservadora y partidaria de un autonomía limitada (importante en Cataluña y, en menor medida, en Mallorca) y terminando en un nacionalismo conservador y católico apoyado en la burguesía pero sobre todo en el pequeño campesino propietario fuerista (País Vasco y Navarra).

El nacionalismo catalán era, sin duda, el más influyente y poderoso. El nacionalismo político catalán durante la II República se apoyó en una base social mayoritariamente no obrera, alimentada por las potentes clases medias progresistas y la nada desdeñable burguesía financiera e industrial catalana.
Hubo partidos catalanistas de base obrera como PARTIT CATALÀ PROLETARI o UNIÓ SOCIALISTA DE CATALUNYA, pero como ya comentamos, fueron muy minoritarios.  En 1931 nació un partido clave para el republicanismo de izquierdas en Cataluña y que fue la principal agrupación política en este territorio durante la mayoría del periodo republicano: ESQUERRA REPUBLICANA DE CATALUNYA (ERC) surgió de la fusión del más moderado Partido Republicà Català y del independentista Estat Català. Los dos principales líderes del nuevo partido catalanista se convirtieron en los dos primeros presidentes de la nueva Generalitat catalana, Francesc Macià lo fue hasta 1933 y Lluís Companys le sustituyó y mantuvo el cargo hasta 1939 y el fin de la Guerra Civil. La participación de este último en los sucesos de octubre de 1934 le llevó a la cárcel, posteriormente sería fusilado por los franquistas después de la contienda, en 1940. Otro partido catalanista menos importante fue ACCIÓ CATALANA REPUBLICANA (entre 1931 y 1933 denominado PARTIDO CATALANISTA REPUBLICÀ), que formó parte del frente de partidos catalanistas republicanos de 1936 junto a ERC y que tuvo líderes de gran importancia en el catalanismo como Luis Nicolau d´Olwer, que llegó a ser ministro en el Gobierno Provisional de la República. Este partido nació de la fusión en 1931 Acció Catalana y Acció Republicana de Catalunya.

Lluís Companys

El otro gran partido catalanista, que había sido hegemónico en época de Alfonso XIII, fue la LLIGA REGIONALISTA, cofundado en 1901 por Francesc Cambó y que durante el periodo republicano cambió su nombre por el de LLIGA CATALANA. Tenía pretensiones autonomistas moderadas y representaba los intereses de la burguesía catalana, por lo tanto se caracterizaba por un carácter conservador y por su recelo hacia el poderoso movimiento obrero catalán, de mayoría anarquista. Esto le llevó a colaborar con el gobierno radical-cedista durante la II República y posteriormente a apoyar al bando rebelde durante la contienda, lo que provocó que sus simpatizantes sufrieran las consecuencias de la represión republicana durante Guerra Civil.

El nacionalismo vasco también gozó de relevancia en el periodo republicano, aunque sus características eran muy diferentes al catalán. Su gran base tradicional fue el pequeño campesino tradicionalista vasco-navarro, especialmente vizcaíno, aunque las transformaciones socio-económicas sufridas por el territorio ampliaron progresivamente su base social a sectores burgueses y urbanos.

Al margen de pequeños partidos como ACCIÓN NACIONALISTA VASCA, republicano y de izquierdas, el nacionalismo vasco fue mayoritariamente conservador, católico y fuerista, articulándose entorno al PARTIDO NACIONALISTA VASCO (PNV). En 1930 se refundó el PNV a partir de la reunificación de las dos tendencias en que se había dividido casi una década antes, una más moderada (Comunión Nacionalista Vasca) y otra más independendista, Aberri. En las primeras elecciones republicanas se presentaron coaligados con los carlistas con una postura integrista católica y antirepublicana que entorpeció la posibilidad de conseguir la autonomía territorial. La ruptura con los carlistas en 1932 y la asunción de una línea más moderada posibilitó la consecución de la Autonomía Vasca en 1936 (aunque sin Navarra) y el nombramiento del primer Lehendakari, José Antonio Aguirre.

José Antonio Aguirre

Menor importancia tuvo el nacionalismo gallego, mayoritariamente autonomista-federalista. Al margen del ORGA, luego PARTIDO REPUBLICANO GALLEGO, que ya comentamos que se integró en 1934 en Izquierda Republicana, habría que hablar del federalista PARTIDO GALEGISTA de Rodríguez Castelao. Aunque este partido logró aumentar sus apoyos a lo largo del periodo republicano, éstos fueron limitados. En 1936 y dentro de las candidaturas del Frente Popular, consiguió 3 diputados.

En otros territorios existieron débiles movimientos regionalistas y pequeños partidos como ESQUERRA VALENCIANA, republicano de izquierdas, el PARTIDO REGIONALISTA DE MALLORCA, autonomista y conservador, o el incipiente andalucismo federalista liderado por Blas infante, que siempre participó en política a través de opciones de republicanas de izquierda.


PROCESOS ELECTORALES DURANTE LA II REPÚBLICA

González Casanova definió el complejo sistema electoral republicano como una variante del sistema mayoritario, utilizando una combinación de voto limitado y de la segunda vuelta. Se buscaba un equilibrio, con el voto limitado se trataba de dar representación a las minorías de cierta importancia y con la segunda vuelta, que la relevancia adquirida por estas minorías fuera contenida.

Lo cierto es que la legislación electoral favorecía a las grandes coaliciones. Las abultadas victorias o las derrotas no dependieron tanto del número de votos como de la capacidad de las distintas opciones de aunar fuerzas y presentarse en bloque a las elecciones. La desunión de las derechas en 1931 y 1936 y de las izquierdas en 1933 favoreció el triunfo abrumador del contrario. Por lo tanto, el carácter poco proporcional del sistema favoreció a los partidos que pactaban su entrada en una lista amplia, de la misma manera que daba ventaja a los partidos con mayor presencia a nivel territorial, ya que era mejor ganar por pocos votos en muchas circunscripciones que ganar por muchos votos en pocas circunscripciones. Estas circunscripciones eran provinciales aunque con matices: las urbes de Madrid y Barcelona constituían circunscripciones propias, mientras que el resto de las ciudades de más de cien mil habitantes formaban también circunscripciones incluyendo en este caso a los pueblos de sus respectivos términos municipales.

El hecho de que las victorias aplastantes en escaños no se correspondieran en votos tiene como ejemplo evidente las elecciones de febrero de 1936, en las que la representación de la izquierda en el parlamento fue muy superior a su predominio en número de votos. Pero el sistema electoral republicano no facilitaba tampoco saber con seguridad el número de votos recibidos, ya que cada votante elegía un número variable de candidatos en cada circunscripción, perdiéndose también la posibilidad de saber con seguridad a quién vota el ciudadano al agruparse los candidatos en amplias coaliciones heterogéneas.

Colas para votar en febrero de 1936
 (fotografía de Agustí Centelles)

A lo largo del periodo republicano se sucedieron cuatro grandes procesos electorales nacionales: las elecciones generales a cortes de junio de 1931, noviembre de 1933 y febrero de 1936, y la elección de compromisarios para el nombramiento del Presidente de la República en abril de 1936. El presidente de la República debía ser elegido de forma indirecta y mixta (asamblea mixta de diputados y compromisarios electos), una excepción legal fue el nombramiento de Alcalá-Zamora elegido por las Cortes con el nacimiento del régimen republicano.

Como ya comentamos, fueron muchos los partidos con representación parlamentaria, pero muy pocos los que consiguieron suficiente peso como gobernar o determinar con su poder parlamentario al gobierno de turno. Tres de ellos tuvieron gran presencia en las Cortes, fueron el PSOE, la CEDA y el PARTIDO REPUBLICANO RADICAL. El primero fue el gran partido de la izquierda española y mantuvo una amplia representación parlamentaria en todas las elecciones generales republicanas, incluso en 1933, cuando el derrumbe de la izquierda no impidió que fuera la tercera fuerza en las Cortes y alcanzara casi sesenta escaños. La CEDA (antes Acción Popular) comenzó su andadura como Acción Nacional y con resultados muy modestos (cinco escaños en 1931) para convertirse en el gran partido de la derecha católica en las elecciones de 1933 y 1936. El PARTIDO REPUBLICANO RADICAL llevó una trayectoria opuesta a la CEDA, durante las elecciones de 1931 y 1933 fue el gran partido de centro republicano pero el desgaste de sus años de gobierno (1933-36) provocaron su hundimiento en las elecciones de febrero de 1936 en las que su resultado fue ridículo, alcanzando solo cinco escaños. En la izquierda moderada existieron también partidos que alcanzaron cierta relevancia, pero nunca de forma continuada ni con tanta importancia como los citados, es el caso del PARTIDO RADICAL SOCIALISTA que sobrepasó los sesenta diputados en 1931 o IZQUIERDA REPUBLICANA que casi llega a los noventa en 1936.

ELECCIONES DE JUNIO DE 1931

Las elecciones a Cortes Constituyentes de finales de junio de 1931 (el proceso incluyendo la segunda vuelta se prolongó posteriormente) supuso la victoria abrumadora de los partidos republicanos que firmaron el Pacto de San Sebastián e impulsaron la proclamación de la II República y el Gobierno Provisional (PSOE, Acción Republicana, Partido Radical Socialista, Partido Republicano Radical, Derecha Liberal Republicana, catalanistas de centro-izquierda, etc.). Estos partidos se presentaron agrupados entorno a la CONJUNCIÓN REPUBLICANO-SOCIALISTA, mientras que la derecha monárquica y católica lo hizo desunida y debilitada, por lo que la presencia en Cortes de las opciones conservadoras no republicanas fue casi testimonial y no sobrepasó los cincuenta escaños. En este parlamento solo había tres mujeres, Victoria Kent (Partido Radical Socialista), Clara Campoamor (Partido Republicano Radical) y Margarita Nelken (PSOE).

De todos los partidos republicanos tres fueron los únicos que sobrepasaron los cincuenta diputados: el Partido Socialista (Besteiro), con más de cien, el Partido Republicano Radical (Lerroux) con noventa y el Partido Radical Socialista (Marcelino Domingo) con poco más de cincuenta. Este reparto de escaños y el predominio abrumador de socialistas y republicanos tuvo como consecuencia la elaboración y aprobación de la Constitución de 1931, una carta carente de consenso que fue rechazada de plano por los conservadores, la Iglesia y la opinión pública católica y la Oligarquía, especialmente la terrateniente. La descentralización que preconizaba, su laicismo y las medidas sociales que recogía la convirtieron en inasumible para amplios sectores que carecían de una representación parlamentaria destacable en 1931 pero sí la tuvieron en las siguientes elecciones, momento en que cuestionarán parcial o totalmente la filosofía del texto constitucional.



ELECCIONES DE NOVIEMBRE DE 1933

El desgaste de Azaña y la descomposición de la Conjunción Republicana-Socialista terminó provocando la convocatoria de elecciones para noviembre de 1933. Al contrario que en las elecciones anteriores, la derecha se presentó unida bajo la alianza UNIÓN DE DERECHAS Y AGRARIOS, formada en esencia por la CEDA, el Partido Agrario, Renovación Española y Comunión Tradicionalista. Los resultados fueron contundentes: la CEDA se convirtió en el principal partido en el parlamento solo seguido de cerca por el Partido Republicano Radical de Lerroux, partido que asumirá en los años siguientes la tarea de gobierno con el apoyo cedista. Entre los partidos de izquierda la debacle fue absoluta y solo el PSOE superó los cincuenta escaños. Los motivos del hundimiento de la izquierda republicana habría que buscarlos más que en el acceso al voto de la mujer, en la desunión con la que se presentó a las elecciones y en la creciente tensión social del primer bienio, que provocó una gran frustración y radicalización obrera y en relación con ello un pánico entre numerosos sectores de clase media, temerosos de una revolución social.



Si por algo recordaremos en nuestra historia estas elecciones fue por ser las primeras en las que las mujeres españolas pudieron votar. Como ya dijimos, es probable que esa circunstancia no favoreciera tanto a las derechas como algunos historiadores han creído y políticos y políticas de la época vaticinaron. La Constitución de 1931 recogía la igualdad de sexo lo que suponía, por lógica, la llegada del voto femenino. En el debate sobre el acceso al voto de la mujer tuvieron gran protagonismo las tres diputadas del parlamento en la primera legislatura. De ellas, Clara Campoamor fue decidida defensora del sufragio femenino, mientras que las feministas Kent y Nelken (ya citadas) consideraban necesario postergar la decisión para evitar dar ventaja a las derechas, al considerar excesiva la influencia que la Iglesia conservadora tenía sobre una población femenina mayoritariamente tradicional e ignorante. El voto mayoritario de los socialistas, catalanistas de izquierda, grupos minoritarios del centro republicano y también de las derechas, estas últimas por claro interés electoral, permitió la aprobación del sufragio femenino. En 1933 y 1936 fueron elegidas varias mujeres como diputadas, cinco en 1933 y seis en 1936, la mayoría de partidos de izquierda. Solo Margarita Nelken fue elegida en los tres procesos electorales.

Mujeres votando en 1933

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El voto femenino en la II República


ELECCIONES DE FEBRERO DE 1936

Las últimas elecciones generales antes del golpe militar fueron a comienzos de 1936. Se enfrentaron, en un contexto convulso de grave crisis social y política, una izquierda agrupada entorno al Frente Popular (Front d'Esquerres en Catalunya) y una derecha desunida, incapaz de lograr cohesión de cara a una jornada electoral tan relevante. A la conformación del Frente Popular ayudó la durísima represión que siguió a la Huelga General de octubre de 1934, en la que murieron más de un millar de personas y fueron encarceladas varias decenas de miles. Este panorama (cohesión izquierdas- desunión derechas) estuvo acompañado por un fuerte desgaste de gobierno y desprestigio por corrupción del gran partido de centro, el Partido Republicano Radical, lo que favoreció la radicalización y fractura en la sociedad española.

Los resultados de las elecciones del 16 de febrero de 1936 tuvieron una lectura clara:

  • Por un lado, el país quedó dividido en dos bloques ideológico-políticos prácticamente igualados. Aunque el sistema electoral republicano no facilita hacer cálculos, parece que la diferencia en votos de izquierda y derecha fue mínima y se movió entre el 2 y el 7 %, superando claramente ambas posiciones ideológicas el 40% de los sufragios (más de 4 millones de votos). Sin embargo, el propio sistema electoral primó la victoria del Frente Popular como antes lo hizo con las derechas en 1933 y dio a sus partidos un predominio aplastante en el parlamento.
  • Por otro lado, el voto de centro se redujo ostensiblemente y se volvió casi residual, alcanzado entorno al 5% de los sufragios. El Partido Republicano Radical, antaño partido clave por su fortaleza y liderazgo casi desapareció y Lerroux no logró ser diputado.




A la tensión que rodeó a las elecciones se añadieron las acusaciones de fraude en algunas circunscripciones, es el caso de Cuenca y Granada. Tras la segunda vuelta en marzo y la repetición de las elecciones en esas circunscripciones citadas, los resultados definitivos arrojaron un predominio absoluto de la izquierda en las Cortes, con tres partidos claramente por encima del resto: el PSOE con casi cien diputados y la CEDA e Izquierda Republicana con más de ochenta. Otros partidos con representación destacable fueron Unión Republicana y ERC. En el centro solo el partido de Portela Valladares, recién creado, logró acercarse a los veinte diputados; entre las derechas, a parte de la CEDA ya nombrada, solo el Bloque Nacional de Calvo Sotelo y los agrarios lograron alcanzar la barrera de los diez diputados. Entre los partidos conservadores que superaron los diez diputados hay que citar también la Lliga Regionalista de Catalunya.

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Elecciones de 1936

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Elecciones de 1936, 
distribución de votos por partidos y provincias